Fetiches, ritos y devociones Integrada al escenario del arte nacional desde mediados de los setenta, en esta última etapa de su trabajo, la escultora venezolana Gaudi Esté ha prescindido de los hombres, mujeres y niños que anteriormente aparecían casi siempre acompañados de animales a los cuales se asemejaban, y que habían constituido lo más característico de su producción plástica. Desaparecido el ser humano de su iconografía, se ha refugiado sólo en los rasgos humanoides de algunos animales, en la figura del centauro o en un santo de vestir contemporáneo (que es escultura vertida en otra escultura). Perros, felinos y caballos conforman el personal bestiario creado por Gaudi Esté a partir de los años noventa y desarrollado hasta ahora. Paralelamente a esta evolución temática, se puede constatar un drástico cambio en sus recursos técnicos. Las piezas anteriores se caracterizaban por un acabado muy liso y brillante, que algunas veces llegaba hasta la mimetización de la madera con el bronce. Lo orgánico del material dejaba paso a una impecable –y al mismo tiempo ambigua- superficie pulida. Ahora, en cambio, se hacen visibles los cortes, las herramientas han dejado su huella en las maderas y se ha integrado otros elementos: hierros, ruedas, fibras vegetales, y se combina el ejercicio de la talla directa con el ensamblaje. Diversas tradiciones del arte convergen en la escultura de Gaudí Esté –otorgándole un cronotopo múltiple y estallado que rebasa ampliamente los límites de la plástica nacional contemporánea-, donde son sometidas a nuevas lecturas e inesperados enfoques, y, por ende, problematizadas con distanciamiento e ironía. Así, se pone en evidencia la posibilidad siempre abierta de reafirmar en un lenguaje francamente actual discursos que atraviesan siglos y culturas cercanos y remotos, cuando el artista –como es el caso de esta escultora-, orienta su creatividad y su destreza a desandar los caminos de otros precedentes y también los propios anteriores. Según los criterios del arte occidental signados por la Academia, la representación de animales adquiere cierta relevancia por tratarse de seres vivos. (Degas daba la misma jerarquía a sus bailarinas y a sus caballos: en ambos, buscaba el movimiento.) En este sentido, los temas zoomórficos son considerados de mayor jerarquía que los de paisajes y bodegones, y siguen inmediatamente en importancia al retrato. Precisamente, bajo la premisa de plasmar la vida mediante la captación del movimiento, se valora particularmente el naturalismo casi científico de un escultor como el francés Barye. Luego, bajo el influjo de las vanguardias de principios del siglo XX, la escultura de animales se somete a la misma estilización que los demás temas: una búsqueda de la pureza de las formas que llevará al venezolano Francisco Narváez, siguiendo a su maestro Pompon, a quedarse con una síntesis plástica muy cercana a “la esencia” de un gato (el “ser-gato”), donde se revela su naturaleza irreductible, más allá de particulares circunstancias y contextos. Desde luego, no hay tal afán o preocupación en Gaudi Esté: no busca definir un prototipo, “el perro”, “el caballo”, tampoco registrar el comportamiento de los animales, sus actitudes o costumbres. Sin embargo, siguen siendo reconocibles, en el realismo de las posturas y movimientos de sus animales, el don de observación aguda y el talento de imitación que caracterizaban a aquellos escultores y que ella también demuestra, si bien con otros fines: ya no el de la información naturalista, sino el de afirmar una verdad plástica. Ahí –en ese injerto de lo fantástico sobre lo realista- se manifiesta otra tradición: la de las criaturas híbridas que pueblan los bestiarios egipcios, griegos, medievales, precolombinos, chinos... y que se relacionan con mitos y metáforas religiosas. Gaudi Esté agrega sus perros con ojos de pájaro, o con caras humanoides (también podría ser lo contrario: rostros de gente armados sobre cuerpos de animales), sus centauras y unicornios, a una larga procesión de pegasos, grifones, minotauros y otros seres de leyenda nacidos de inquietantes sintetizaciones entre ser humano y animal, o entre un animal y otro, que desafía los siglos y los racionalismos y llega a nuestra contemporaneidad para volver a colmarse de sentido. Las diferentes caras de la agresividad, de la intolerancia humana están aquí, “animalizadas”, y al mismo tiempo están los anhelos de soñar, de traspasar los límites de una realidad frustrante y prosaica, de recurrir, una vez más, al mito, de hacer de la ficción del arte la expresión de una inconformidad originaria con el mundo circundante. Esta dimensión, inherente al arte, de crear mundos paralelos, es la que Gaudi se apropia con mucho arrojo. Pero no se trata tan sólo de crear un universo onírico, evasivo, sino que la artista se otorga asimismo el derecho de criticar, de burlarse, de desmontar cáusticamente los defectos y las carencias del verdadero. En este sentido, hay una dimensión que podríamos calificar de social en este planteamiento que recurre, no sin humor, a la metáfora para denunciar las taras de nuestra sociedad: no sólo la sed de poder, la intolerancia, el autoritarismo, sino también la soledad, el rechazo de las diferencias, la dificultad de construir identidades y de reconocerse en ellas. De hecho, algunos de los animales creados por Gaudi Esté parecen sufrir de su falta de identidad (falta de unidad –hibridez- en ellos mismos, falta de semejanza –pertenencia- con los demás de su género) y los embarga una como melancolía (Perro Nagual cantando a la luna, 1994), que viene a ser el contrapunteo del humor A las reminiscencias de raíces occidentales se une en la producción de Gaudi Esté una carga poderosa de primitivismo. Desde luego, no hay que omitir que este aporte mismo se integra a las vanguardias “clásicas” del siglo XX. No se habría concebido el cubismo sin el arte tribal africano, o la escultura de Henry Moore sin su estudio de las figuras precolombinas. Asimismo, en Gaudi, esta irrupción –que, a principios de los noventa imprime un giro drástico a su trabajo- continúa con este fenómeno de apropiación formal como uno de los ejes de ruptura con cualquier asomo de academicismo, pero al mismo tiempo, vienen a la mente, de manera insoslayable, el “canibalismo”, el “antropofagismo” de Oswald de Andrade, términos con los cuales define la inmensa capacidad de reciclaje del arte de nuestro Continente. Pero más que formas europeas y contenidos autóctonos (según la fórmula del modernismo), lo que se explaya en la obra de Gaudi Esté es más bien una fusión donde predomina un carácter, una sensibilidad, un discurso de arraigo latinoamericano en el cual es imposible discernir forma y contenido, refundidos bajo un concepto y un quehacer inseparables, dominados por el ímpetu de lo primitivo. Ímpetu que se manifiesta en primera instancia a través del quehacer artesanal de la talla directa, acometida con un vigor que no le resta nada a la destreza. El resultado plástico se aprecia en los cortes violentos, en los volúmenes simplificados, en las texturas naturales de la madera, que otorgan a cada pieza una voluntaria tosquedad, un aspecto algo salvaje. El proceso queda inscrito en la obra como vivencia. Ahora Gaudi Esté le da más campo a su intuición, así como a la vida propia de la madera. Gaudi Esté juega con lo cotidiano al tiempo que nos devuelve los mitos. En cualquier nivel en que los queramos colocar: como nuestros compañeros (no por azar trabaja esencialmente perros y caballos, los animales más cercanos al hombre) , como disparadores de imaginación o como objetos rituales, logran al mismo tiempo impactar y conmover: por ende, se parecen a nosotros, o nos parecemos a ellos. Federica Palomero/julio 2005 |
|