GAUDI ESTE: LA SIMBIOSIS Aún el hombre autónomo, reticente a entregas su suerte a los dioses, renegado para los oficios y tratos con lo sobrenatural, encuentra la necesidad de las relaciones simbióticas con la naturaleza y con todo aquello que se desprende, genera o cobra sentido por enfrentarse a ellas, como la máquina y los objetos. Todas las culturas, todos los individuos, a conciencia o por instinto, han estado en una u otra forma impulsados a buscar esos vínculos que pueden parecernos en un momento dado, extraños y hasta fantásticos, pero que se conciben con tanta expontaneidad y frecuencia, que más bien debiéramos conciderarlos como familiares y constantes, espectros o señuelos que creamos para conocernos mejor. Los hombres bestias o semidioses depurados de las mitologías antiguas no eran para Picasso propiamente seres imbuidos de alguna forma de divinidad, por el contrario, eran como la representación misma de las fuerzas que nos habitan y que determinan la cruenta historia de la humanidad y su lucha constante por inventar la esperanza. Gaudi Esté es uno de nuestros mejores escultores jóvenes, asociada desde hace ya varios largos años con un oficio milenario y difícil, el arte de ochavar, de arrancar formas a la dura madera, con instrumentos fuertes y con requerimientos de destreza y fuerza extraordinaria, valga la redundancia, en un oficio que termina por agotar todas las exigencias y las entregas, cuando se requiere llegar a esa forma de dominio que llamamos lenguaje. A ella se le han atribuido filiaciones múltiples desde su relación evidente con la tradición popular de los tallistas, enrraizada desde luego en la historia colonial y más allá, en las de las culturas de base y asociadas, la aborígen y la negra, hasta relaciones más sutiles, como el parentesco con esa formidable escultora contemporánea que es Marisol Escobar, para quien en efecto la madera ha sido también un material excepcionalmente importante con la que guarda , en verdad, algunos paralelos expresivos. Marisol y Gaudi Esté hacen iconigrafía intencionada de la familia, incorporan objetos y animales domésticos, tallan y dibujan sobre la madera, utilizan la fuerza masiva de los materiales y la sutileza de los detalles inesperados, y muy bien trabajados, como un brote de inesperado refinamiento expresivo. Pero el crecimiento de Gaudi Esté ha ido separando las relaciones y definiendo una personalidad ya completa dentro de nuestra cultura. Su última exposición individual, “De las maneras de ser perro”, es un salto a los grandes propósitos y a la plenitud de recursos. Las obras se refieren a los últimos dos años, con excepción de algunas piezas incluidas, según pensamos, para establecer referencias, como “Pareja de perros” (1984). El hecho de conjunto más resaltante es el manejo diestro de la técnica, la sorprendente habilidad para conformar los designios creadores de la materia bruta, hasta convertirla en una obra ajustada a la voluntad del artista. Entiéndase por esta aseveración el doble logro conceptual y técnico de ajustar los materiales a los términos de la proposición artística. Es por eso que cada vez vemos menos obras bifrontales, en las cuales se recurría al trabajo preferente de frentes, como piezas concebidas para estar contra la pared, a favor de una escultura definitivamente lanzada al espacio, para ser completada desde cualquier ángulo o condición, la obra tridimensional cabal y a todo riesgo. Recordemos un momento los grupos familiares presentados por la artista algunos años atrás, donde los relieves y volúmenes estaban trabajados de frente por lo general, variando las técnicas desde la pintura y el dibujo sobre las superficies planas, hasta los relieves y bajo relieves, o el desarrollo plenamente volumétrico de cuerpos, rostros y otros elementos de sus esculturas. Lo que ahora vemos es un cambio extraordinario. El “Perro aullando” (1985) es un volumen de madera de caoba, sin policromías, que plantea el cuerpo escultórico concebido en una sola tensión con todos los registros integrados a la finalidad: un organismo viviente identificado con una función, como si ésta diera a su vez articulación y sentido a todo el ser. Este poder estructural domina la mayor parte de las obras de la nueva muestra de la escultura, y se manifiesta tanto en el manejo de mejores recursos para definir cada pieza en su conjunto, como en la captación asombrosa de los rostros, atribuidos a personas o bestias, pero excepcionalmente personificados, con el valor y la potencia individual del retrato. “Silla con perro echado” (madera de samán, policromada en acrílico, 1986) nos enfrenta a la cotidianidad y al ambiente abierto, como una realidad más en el espacio circunvalente, donde las transformaciones provocadas desde nuestra condición de manipuladores de la naturaleza y el mundo, han terminado por transgredir los órdenes y atribuir nuevas condiciones a los entes y seres que nos rodean. Así llegamos a la nueva e importante insistencia de elementos surrealistas y fabulatorios en la obra Gaudi Esté, los animales humanizados en primer término, con rostros y senos, como si ello hubiera absorbido la personalidad y la conciencia de los amos, en una sumisión tan extrema que termina por exigir identidad, o tal vez convenga decir mejor, consustanciación identificadora. Este rasgo puede también abordar a los objetos, como las sillas “personalizadas”, como nuevos ecos que se responden en el universo familiar invadido por lo insólito convertido en costumbre. Persiste el humor. La iconografía sutil de lo común y singular de la vida. Gaudi Esté crece, madura, se afirma. Que gran gusto verla abrigar un gran futuro.
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