LOS SOLIDARIOS DE GAUDI ESTE En la etapa actual, el arte parece más interesado en el público que en los objetos que le eran propios. No se trata de buscar respuesta al viejo problema de la participación, es decir, del destino social de la obra de arte: a quien va dirigida, para qué y cuales son los medios de acceso a un amplio desciframiento. Es más bien cierta tendencia a considerar la información en sí misma como el contenido del arte, al punto de que muchos creadores de hoy parten del supuesto de que arte y comunicación son la misma cosa y que, en consecuencia, puede prescindirse del objeto y de la historia del arte como perorata que ha contribuido a su fetichización. Hay otros grupos de artistas que se preguntan por el público sin menoscabar la identidad del objeto, antes bien reafirmándola, cualesquiera sean los riesgos corridos. Hay también los que congelan la información haciendo que la comunicación perseguida encarne en objetos visuales que se constituyen en la sola respuesta a la pregunta por un público, como si e! arte pudiera contener su propio espejo. Dento de este último género ubicamos a Gaudi Esté, a quien una obra exhibida en la reciente Bienal de Jóvenes Artistas (MAC, 1981) sacó del montón. El tema de esta artista plástico (¿por qué seguir hablando de pintores y escultores?) es el otro, e! público que está al fin y dentro de la obra, el recipiendiario observado y observador. La técnica y los materiales empleados por ella: la talla directa en madera de samán, con sus extensiones: el collage, el ensamblaje, el bloque sumario, despojada de gestos, casi monolítico, policromado. E! continente es la forma serial y generativa, que conduce al rostro de lo anónimo, en una palabra, a la gente. Gentes implica un sentido genérico, corporativo, proliferante, aún cuando se trate de conjuntos cerrados, como cuando Gaudi esculpe a la familia, de la que obtiene un prototipo sintético, Como por obra y gracia de, la prefabricación. Porque esta joven artista pertenece a una nueva generación de tecnicistas que hace las cosas bien en grado superlativo para sacar del oficio un modelo que desarma a su antojo. Se puede hacer cualquier cosa. Emplea recursos escultóricos que creíamos llegados a su término en la escultura figurativa; la talla simple en madera dura que Gaudi combina sabiamente con alguna solución efectiva tomada del pop art, Como es la policromía para acompañar la descripción de los rasgos anatómicos, el rostro, la indumentaria, el color de la piel o de los objetos, ya esbozados o perfilados, de modo muy estilizado, en los volúmenes macizos, sólidos, saludables, solidarios. Está comprobado que el mejor arte de objetos, si quiere persistir en sus obsesiones rníticas, debe integrarse al ensamblaje, arte que, sin llegar a la ambientación, Gaudi practica con entusiasmo y coraje naif, a espaldas de quienes puedan achacarle una falta que no es tal: un apoyo irrestricto a la tradición de los tallistas coloniales, cierta atadura respecto a Marisol. Técnica heteróclita, como la de esta última: Combinar lo virtual y lo real, el plano simulando, la ficción volumétrica, articulado a la faceta tridimensional, la figura y el conjunto armado por partes, manipulables, más bien severos en su estatismo. La secuencia está, de los boliches seriales con rostros de mimosas y cuerpos de botellas rusas, a la trilogía de los poderes públicos: el militar, el político y el cura: hieráticos, legendarios, totémicos y subidos a un tríptico formado por trípodes para tinajeros.¬
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