LA MUERTE ANCESTRAL Recientemente la muerte se ha hecho presente en la obra de Gaudi Esté. La escultora la trae de su entorno más inmediato y del pasado más recurrente; es una muerte que transita en el tiempo, en los ritos y las circunstancias que acompañan a la desaparición física del hombre para decirle a los demás, a los que quedan, que algún día han de verse iguales, yacentes, sin aliento, vendados, amortajados, momificados, en fín, muertos. Nuestra escultora sabe que todas las civilizaciones, independientemente de su grado de desarrollo cultural, de su adelanto tecnológico, de su organización social o política, de la manera de realizar los intercambios económicos le han rendido un especial culto a la muerte. El tránsito de una a otra vida, e incluso el regreso de la otra a esta vida, ha sido uno de los grandes temas del hombre que no se resigna a dejar de ser, que no concibe que todo se acabó luego que el corazón, los pulmones y todos los órganos del cuerpo dejan de funcionar en esa huelga última y colectiva que transforma a la vida en muerte certificada y sin discusión. Gaudi recurre una vez más a la ayuda del mito y del símbolo para reforzar la presencia de la muerte en su obra escultórica, los animales se encargan de representarla, de hacerla corpórea y evidente. En efecto, los siempre cómplices animales de Gaudi comparten en esta representación de la muerte una función dual, convergente y complementaria: son indistintamente creyente y divinidad, cadáver y rito, cuerpo y alma eterna. Nuestra escultora recurre a un perro negro, combatiente, guerrero, que momifica para otorgarle esa dualidad implícita a la que nos hemos referido: es mortal, faraón, noble o ciudadano común según las circunstancias de la evolución politica y la consideración social del milenario Egipto o es inmortal; representando al Dios inicial de la muerte en la cosmogonía egipcia, a Anubis, esa divinidad que tanto reverenciaron unos egipcios temerosos de la vida y mucho más de la muerte. Perro cómplice que sale del entorno familiar, afectiva, inconsciente de la artista para mezclarse con las referencias de unos pueblos ancestrales para los que la muerte fue una preocupación insoslayable en la medida en que significaba la ausencia de toda la vida. Perro negro, simbólico, momificado, que funge de creyente y divinidad, de referencia doble que sintetiza un culto ancestral a la muerte del hombre y a la vida de Dios. Referencia ilustrativa, dicente, que Gaudi recoge del pasado de la humanidad a objeto de que el hombre de hoy recuerde que sus propios temores y aprehensiones frente a la muerte son los mismos que milenios atrás sintieron unos antepasados desconocidos, cada vez que se enfrentaban con la rigidez y la ausencia de respiro de los cuerpos de sus seres amados. Gaudi nos recuerda que, al menos en lo que a Egipto se refiere, la principal preocupación A estos efectos, con la finalidad de preservar la vida en la tierra después de la muerte, los egipcios estaban convencidos de que el Ka, el doble del cuerpo del existente, permanecía si el cadáver se vendaba, se momificaba a efecto de que el cuerpo no se pudriera o descompusiese. De esta forma, la idea de momificar el cadáver, de tratarlo y vendarlo de un modo en particular para que se conservara por largo tiempo, deriva de esa concepción de la necesaria presencia de los despojos humanos para asegurar la superviencia del Ka, es decir, de la vida perdurable, de la inmortalidad en esta tierra, sin necesidad quizás de otras vidas sobrenaturales y ultraterrenas. Muerte ancestral que Gaudi recoge expresando la necesidad de otra existencia, la exigencia inconsciente del hombre de transcender más allá de las circunstancias del hueso y de la carne. Muerte ancestral que nuestra escultora representa en sus dos vertientes, Canto en la del creyente como en la de la diviriidad, a fin de demostrar que paradójicamente el mayor punto de contacto entre esta vida y otra eventual vida, es la muerte. Muerte que acerca al hombre a Dios en forma de extremaunción, de santos óleos, de confesión tardia, si no necesaria por to menos conveniente y oportuna. Muerte que es el inicio de otra vida y requiere, al igual que la primera vida biológica, de ritos, cuidados y precauciones. Vendajes que protegen al creyente y son una saya, una vestidura iniciática que asegura el tránsito de una vida efímera a otra perdurable. Vendas que no son nunca más una mortaja sino el primer ropaje de la vida eterna. Cultos a la muerte y sobre todo a la vida que pasaron de hombres a hombres, de generación en generación, de gobernante a gobernante e incluso de un dios, Anubis, a otro dios Osiris, para alimentar la creencia de una vida inagotable, inmortal, que no ameritaba sólo de paraiso y edenes exclusivos ubicados en cielos distantes porque la propia tierra también era partícipe de esa otra existencia de aquellos creyentes que confiaron en la promesa de sus dioses, según la cual: “Verás tu nombre en todos los distritos locales tu alma en el cielo; tu cuerpo en el mundo subterráneo; y tu estatua en el templo. Vivirás eternamente y serás siempre joven”. (Leyenda de Osiris). Muerte ancestral que Gaudi representa también en forma de caballo echado, yacente, sin aliento, incapaz del bufido o del relincho. Equino descuartizado que es, en cierta forma un homenaje a la nobleza, a la gallardía, a la bravura, a la elegancia que tuvo ese animal en vida. Equinos sin vida que son el recuerdo, el remedio de los distinguidos ejemplares que acompañaron a los grandes personajes, humanos o divinos, en sus correrías de aventuras reales e imaginarias. Caballos de Troya, de Diómedes, de Neptuno, Babiecas, Roscinantes, Bucéfalos, negros, blancos o bayos que adquieren vida después de muertos en la obra de Gaudi Esté. Caballos que expresan con su muerte la extinción de la independencia, la ausencia de bríos, el exterminio de la velocidad, en fin, la desaparición de todas aquellas fuerzas que se identifican con lo vivo, con lo existente, con lo vital. Caballos yacentes que son una pena del alma, una compasión del espíritu que debe constatar la muerte de la alegría y el último estertor de la libertad. Muerte ancestral que perros y caballos se encargan de evidenciar, de hacer posible a través de una madera solidaria, quemada y vivificadora que es también expresión de resurrección y trascendencia. Muerte ancestral que Gaudi recoge de la propia vida para que una y otra sean equilibrio siempre precario de la existencia. |
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