M A D E R A
Alfredo Camejo
Texto del Catálogo de la exposición: Piedra Hierro Madera. Galería CAF. Corporación Andina de Fomento. 25 Noviembre 1999

Desde el fondo de la simiente ya está inscrito su secreto, después, crece de acuerdo a un código genético previsto, siempre hacia la expansión y la elevación, hasta asomarse sobre el horizonte, siempre hacia una cita con las ráfagas que el aire enredara entre sus hojas. Le llamaremos con un nombre entrañable: arbol, vertical elegancia, tácita distinción de la circularidad del tronco en torno a un eje clavado entre la fronda y la raíz. Tan vegetal como universal. Allí, poco a poco, se imprime la edad en las vetas como venas adheridas a la existencia del árbol que aún no es madera. De pronto, un hachazo, seguido por otros, inventa volúmenes que originan plurivalentes naturalezas, objetos familiares de nuestros alrededores que deparan a los sentidos una inefable felicidad.

Barnices, pulimentos, lijas, clavos, cortes, ensamblajes, remaches y tintes cortejan la belleza inagotable de formas abarcadas por la madera.

Atrás queda una voz suprimida del cuerpo del bosque, un cuerpo que cae sobre un recuerdo para reconocerse de nuevo como el útil y amable hospedaje de la gente o para perpetuarse en la serena calidez del contacto con una piel desconocida.

Se diría que la savia, de antemano, sabía de su nueva apariencia de cultura.

La figura que emerge de la madera trae consigo el infinito silencio de una revelación; una revelación a través del ser, es decir, a través de la imagen de lo perdurable y a la vez de lo transitorio en nosotros. La forma resultante no solo se nos aparece como una silueta que nos concierne, sino que también y más intimamente vive en el misterio evocado por la pertenencia a otro ser, es decir la madera, es decir el arbol.

Pasamos a coexistir entonces con los designios inescrutables del bosque, al cual nos lleva Gaudi con la manera imperceptible de sus manos, del cual nos trae Gaudi para realizar esa simbiosis entre idea y madera, entre madera y nosotros. Ella trabaja como si humanos, animales y objetos presintieran y preexistieran en el interior de las cortezas, es decir en el árbol, al manifestar una psique ya latente en la cual la escultora habilmente encuentra la evasiva forma final que tanto quiso concebir. Gaudi crea seres como el perro de un faraón que debe ser preservado para poder traspasar la Iínea que lo separa de la muerte y de su amo, ese ser yace seccionado, embalsamado o colocado en su sarcófago, conservando así la eternidad entre vetas, resinas y fibra de corteza. Así, Gaudi explora el peso simbólico de la trascendencia de la forma hacia otra vida. Su escultura toca de manera dramática o tal vez irónica la intangible necesidad de un más allá en el cual podemos volver a identificarnos tal cual somos. Las secretas relaciones establecidas entre hombres, animales y objetos, engendra seres sorprendentes, elaborados por el mito que la propia artista descifra desde el nucleo de los troncos. Tallas surgidas del árbol y del bosque, que son también individuo, bestia y muchedumbre, se transforman entre las manos, los gestos y las ideas de Gaudi.
Mano, gesto a idea ban querido prolongar su caracter mediante los innumerables actos que producen esos cuerpos, actos semejantes al intrincado y confuso bosque cuyo misterio persistira en nosotros.

 

 
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